Myanmar en 5 sentidos

lunes, septiembre 24, 2018

Como ya hemos mencionado repetidas veces, este ha sido un año de cambios para ambas. Moli se ha estrenado en la maternidad y a mí ya me han cazado "hasta que la muerte nos separe" (o eso dicen algunos...). 

Hoy no vengo hablarte de la locura que supuso organizar la boda en tan solo dos meses ni el motivo de ello pero, en parte fue el pretexto para elegir como viaje de luna de miel un destino no muy conocido y desconcertante para algunos: Myanmar. Mi hermano estaba en este país mientras nosotros  decidíamos a que lugar del planeta podríamos ir. Mientras nos enviaba fotos por whatsapp (a modo de prueba de vida), nos iba convenciendo para que Myanmar fuese el lugar elegido.

Puedo asegurar que a la mayoría de las personas con las que hemos hablado de nuestro destino de viaje de novios, se le caía la gota de sudor al mencionar que nos íbamos a Myanmar. Ya cuando lo traducías como "antiguo Birmania" la gran parte ya lo terminaba situando en el mapa. Y más de uno, nos preguntaba que se nos había perdido en ese país, del que tan poco sabemos y se oye.



Con este post no trato de crear una guía de viaje dándote información útil sobre como organizar el viaje, cual es la mejor época para viajar... Lo que pretendo es intentar hacerte sentir o comprender, los motivos por los que Myanmar es tan especial y merece la pena visitarlo cuanto antes -antes de que termine volviéndose tan turístico como Tailandia-. Y para sentir, lo mejor es hacerlo con los cinco sentidos.

Tacto: 

Myanmar es un país mayormente budista por lo que tendrás la oportunidad de ver y conocer cientos de templos de esta cultura-religión. Digo cultura, porque creo que al formar esta religión  una gran parte de sus vidas diarias, es lo que hace que sean como son. Hay una zona de Myanmar llamada Bagan, que en su momento más álgido llegó a albergar hasta 4.000 templos. Hoy en día desconozco la cantidad exacta pero seguramente alcance el millar. Nuestros días en la zona se resumían en coger la bicicleta eléctrica del hotel e ir recorriendo de templo en templo. Esto hacía que en cada templo tuviéramos que dejar el calzado en la puerta para poder acceder. Si me tuviese que quedar con una de las sensaciones que más me transmitió este sentido, fue el de pasarse el día, sintiendo directamente el calor de la piedra de los templos, con los pies descalzos. Terminar con los pies negros era un precio que bien merecía pagar.






Un sabor:


Los blogs que había ido leyendo antes de irnos de viaje poco decían sobre la gastronomía birmana y cuanto se decía se describía como una cocina poco elaborada y básica. Partiendo de esa opinión, nos encontramos con una gastronomía compuesta por verduras (tomate, lechugas...) frutas y carne y pescado acompañados con arroz y especias. No somos expertos culinarios, pero nosotros disfrutamos mucho con la comida birmana. En un trekking que realizamos, las guías que nos acompañaban eran las encargadas de cocinar los desayunos, almuerzos y cena de los dos días que duró esta excursión y debo decir que allí terminamos de enamorarnos de la cocina birmana.

De hecho, al llegar al punto final del trekking, hicimos un pequeño curso de cocina con una señora llamada Myo Myo en la que cocinamos varios platos locales. Primero la acompañamos al mercado a hacer la compra, mientras nos señalaba y explicaba los distintos tipos de alimentos que allí se encontraban.  Uno de los sabores con los que me quedo, es el de la ensalada de tomate que aprendimos a preparar. Sin duda, fue el plato estrella del viaje y que más repetíamos en cada restaurante. Ya ves por dónde nos pasamos las recomendaciones sanitarias, en cuanto a la consumición de alimentos crudos...








Un olor: 


Al elegir un sabor que describa el viaje a Myanmar, he estado en duda entre el mango, o la ensalada de tomate verde. Pero al no ser una amante de esta fruta no lo guardo como sabor, pero si como olor. Al principio del viaje no lograba identificar el origen de ese peculiar olor que recorría los mercados y calles de cualquier lugar que visitamos: era el olor a mango. Entre el calor sofocante que hacia y el olor fuerte del mango, llegó a empalagarme de tal manera que no los quería ni ver. Cosa imposible ya que  cada desayuno, comida o cena iba acompañado de una buena ración de mango.

El mercado que visitamos fue una auténtica experiencia para todos los sentidos, pero el que más protagonismo tuvo fue el del olfato. Mezcla de carnes y pescados colocados unos junto a otros a unos 35º sin ninguna refrigeración, verduras, frutas, comida cocinada... Sensaciones fuertes no aptos para todos los públicos. (si, el pollo que cocinamos con la señora Myo Myo era una de esas carnes).











Un sonido:


Cuando viajamos a cualquier parte intentamos aprender al menos, las típicas palabras de cortesía que puedan hacer que los lugareños aprecien tu visita en vez de sentirte como un turista molesto. Confieso que en este caso, la lengua birmana se nos hizo difícil como para llevar aprendidas un par de palabras "desde casa". Pero una vez allí, llegamos a aprender el típico, gracias, adiós y hola; El hola es sin duda una de las palabras y sonidos que nos llevamos grabados por nuestros oídos: Mingalaba! Esta palabra, significa más que un simple hola; literalmente podría traducirse como "es una bendición"  pero en la práctica lo definiría como un saludo acompañado en una sonrisa. Era un placer repetir esta palabra todas y cada una de las veces que te cruzabas con gente autóctona, ya sea en templos, hoteles, puestos de comida, tiendas y poder saludarlos con un: Mingalaba!! Allí los forasteros y diferentes eramos nosotros por lo que te imaginarás la gracia que les hacía escuchar a dos seres de tez blanca pronunciando palabras en su lengua.






 Una imagen: 


Podría decir que de todo lo que vieron mis ojos me quedaría con sus templos dorados, los bosques de estúpas, con su caos ordenado...Pero como ya te he dicho, la palabra más pronunciada en todo el viaje iba siembre acompañada de una sonrisa y es con esto con lo que me quedo. Con sus amplias sonrisas, a veces de dientes enrojecidos por culpa de mascar una mezcla de nuez de betel (o de areca), pasta de cal y en algunos lugares, tabaco o especias dentro de una hoja de la misma planta enrollada que los birmanos mastican constantemente. 

El planeta está lleno de lugares increíbles  que bien merecen una visita, pero lo que realmente hace especial a un sitio es su gente y Myanmar esta llena de gente dispuesta a ayudar sin esperar nada a cambio, y todo ello acompañado de una sonrisa. Supongo que en esto tiene mucho que ver el que sea un país abierto recientemente al turismo,  lo que significa que aun no ha sido corrompido de tal manera que aun siguen viendo a los extranjeros como seres curiosos que desean conocer sus costumbres y paisajes.





Podría seguir escribiendo páginas y páginas de todo lo que vimos pero de momento este post acaba aquí. Habrás comprobado que es un viaje en la que hemos disfrutado, aprendido y vivido experiencias que difícilmente se borrarán de nuestras memorias. 

Myanmar, es un país para vivirlo con todos los sentidos.


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